La reiteración en la obra de Silvia Rivas

Por Horacio Zabala
Catálogo de la exposición en Fundación Alon, 2012

Un cuadro está en el tiempo, pero no
tiene una “duración” en el sentido en
que la tiene una sinfonía o un film.
Una sinfonía se ejecuta en el espacio
pero no es larga, ancha o alta en el
sentido en que lo es un cuadro.
Luis J. Prieto

Sólo importa la intensidad
Georges Bataille

El espacio es firme, sus dimensiones son mensurables. El tiempo, en cambio, es algo que la naturaleza misma ya ha dividido en partes a través del movimiento de las estrellas y el cielo, de la sucesión de las estaciones y los días. Sin embargo, los hechos de la vida cotidiana son imprecisos: sólo cuando la civilización urbana necesita precisión en el trabajo productivo y en la economía se comienza a medir el tiempo.

La pintura, la escultura, la arquitectura, el grabado, el dibujo, etc. son objetos que permanecen en estado de reposo: no cambian sus cualidades físicas con el tiempo que pasa, salvo por causas extrañas a ellos. A un concierto puedo llegar tarde, y en consecuencia, perderé su comienzo; a un cuadro no puedo llegar tarde ni temprano, pues siempre permanecerá ante mi mirada sin cambio alguno. El pintor no decide cuánto dura mi contemplación de su obra, soy yo mismo quien lo decide. En el caso de la obra musical, es el compositor que determina su duración, su principio y su fin.

La danza, la música, el teatro, el cine, el video, sus combinaciones y variantes como las performances y las instalaciones son artes efímeras. Estas artes de la duración, irrumpen de diferentes maneras en las artes plásticas, aproximadamente desde 1960 (si bien sus antecedentes se remontan a las vanguardias históricas). Desde hace más de medio siglo, las imágenes móviles (inestables, temporales) se alternan, yuxtaponen y tienden a alterar la percepción estética de las imágenes fijas (sin metamorfosis, sin duración).

El ojo humano, a causa del fenómeno conocido como persistencia de la imagen en la retina, no logra distinguir las fases sucesivas de un movimiento más allá de una décima de segundo. El congelamiento de las fases sucesivas de los movimientos de un caballo al galope (Eadweard Muybridge, 1887) reveló formas imperceptibles y por lo tanto desconocidas. Éstas, sin embargo, están radicadas en la realidad espacio-temporal de la cual somos parte. Si aceptamos los análisis sobre la sociedad del espectáculo y nuestra ineludible sobreexposición al bombardeo de imágenes, debemos prestar atención al arte contemporáneo. En especial, a aquellas creaciones que se desvían e interrumpen el flujo veloz de las imágenes de los mass media que hace que todo se pierda y evapore al instante. La obra de Silvia Rivas muestra y habla del tiempo que pasa desde otro lugar, desde la lentitud y la distancia.

Zumbido está hecha de préstamos tomados de la ficción y la realidad, de lo artificial y lo natural. Es una obra digital o virtual, o sea que no sucede en un lugar específico de la “realidad real”. Sin embargo, se vincula con ella de forma indirecta, tal como lo hace, por ejemplo, el lenguaje. Lo virtual (lo posible) se convierte en un mundo con “otras reglas” situado junto al mundo real.

Zumbido es el resultado de una exploración a propósito de la intensificación de algunos vínculos emocionales del ser humano con respecto al simple hecho de no estar solo en el mundo. La tranquilidad entendida como ausencia de perturbación debida a fenómenos exteriores molestos o riesgosos no es duradera ni fácil. En el mundo hay innumerables insectos y en particular hay moscas. Irrumpen cuando quieren y su vecindad nos causa irritación, a veces insoportable: las moscas nos resultan repulsivas y peligrosas a la vez por las posibilidades de contagio: son insectos cosmopolitas y pestíferos.

La obra crea un espacio y un tiempo donde coexisten las imágenes móviles de las manos de una persona (real) con las imágenes también móviles de moscas (virtuales) dotadas de las mismas características inquietantes que las vivas. A la “realidad” de las manos se le añadieron imágenes “intencionadas” de insectos que, de alguna manera dieron lugar a una “realidad aumentada” y desconcertante. La escena, resultado de la interacción entre lo humano y lo no-humano, no deja de ser un transporte de sentido, una metáfora: señalando un hecho a la vez se señala otro. Los insectos son una huella visible de las relaciones in-visibles (pero sensibles) entre el ser humano y algunas situaciones de su contexto real, simbólico e imaginario.

Zumbido está impregnada de tiempo, sea debido a que la obra se despliega en una duración, como el desarrollo melódico estructura una obra musical, sea porque su iconografía da cuenta de la tensión que provoca un enjambre de moscas en movimiento. En esta obra ¿que pasa con el tiempo que pasa?. Es un tiempo en el que el presente se “alarga” con insistencia. El espectador espera (desea) que pase algo definitivo pero nada pasa, espera que la nube de moscas se disuelva como una nube de polvo, pero la nube va y viene, y su zumbido hostil persiste, aumenta, disminuye, fastidia sin una causa o motivo: porque sí.

Ante el enjambre de moscas, la agitación de la protagonista se manifiesta en los movimientos espasmódicos de sus manos. Éstas libran una suerte de combate desigual para espantar la amenaza de las moscas y así recuperar y conservar la calma perdida. Al principio las manos permanecen quietas sobre una mesa: reflejan un momento de la vida cotidiana donde el tiempo transcurre sin interferencia alguna, vacío y puro. Cuando aparecen las moscas el estado de quietud cambia. Las manos se mueven para espantarlas. En el intervalo marcado por las manos quietas (sin moscas) y las manos agitadas (con moscas) aparece otra noción de tiempo, completamente diferente a su puro transcurrir.

La obra de Silvia Rivas tiene el ritmo de una respiración agitada. Tiende a ser lo contrario de todo apaciguamiento, tranquilización y aseguramiento. ¿Cómo se experimenta el tiempo? es una de las preguntas implícitas de la obra: la protagonista no puede volver al su pacífico “paraíso perdido” libre de perturbación. Debe aceptar su propia vulnerabilidad con respecto al azar. Esto es, el amargo malestar ante la reiteración imprevista, estúpida y maligna de lo mismo (una y otra vez lo indeseado). Ella deberá aceptar una suerte de “eterno retorno” del zumbido con todos sus atributos negativos. Las moscas acecharán su leve aburrimiento y sus distraídos ensueños que “matan el tiempo”. O mejor, que matan el tiempo vacío que nada dice.

Reiteration in the Works of Silvia Rivas

By Horacio Zabala
Catalogue for the exhibition at Fundación Alon, 2012

A picture exists in time, but it has
no “duration” in the sense it has in
a symphony or a film.
A symphony is executed in the space
but it’s not long, wide or tall in the
same sense that it is in a picture.
Luis J. Prieto

Intensity is the only thing
that matters
Georges Bataille

The space is firm, it’s dimensions are measurable. Time, on the other hand, is something that nature has divided into parts throughout the movement of the stars and the sky, the succession of the seasons and the days. Nevertheless, the facts of daily life are imprecise: it is only when urban civilization needs precision in productive work and in the economy that we begin to measure time.

Painting, sculpture, architecture, print, drawing, etc. are objects that remain in a state of repose: they do not change physical qualities with the passing of time, except for causes foreign to themselves. To a concert I can arrive late, and consequently, I will miss the beginning; to a painting, I can’t neither arrive late, nor early, as it will always remain without change before me. The painter does not decide the length of my contemplation to his work of art. I decide by myself. In the case of the musical work, it is the composer that determines the length of the piece, its beginning and its end.

Dance, music, theater, cinema, video, its combinations and variations as well as the performances and installations are ephemeral arts These arts of duration, have invaded plastic arts since 1960 in different ways (although its antecedents were originated inn historical vanguards). Since over half a century ago, mobile images (unstable, temporal), alternate, juxtapose, and tend to alter the aesthetic perception of fixed images (without metamorphosis, without duration).

The human eye, as a consequence of phenomena known as the persistence of the image in the retina does not recognize the successive phases off the movement further than a tenth of a second. By freezing the successive phases of the movement of a horse galloping (Eadweard Muybridge, 1887) revealed imperceptible, and as a consequence unknown forms. These, nevertheless, are radicated in space-time reality which we are part of. If we accept the analysis about the Society of the Spectacle and our unavoidable over-exposure to the bombing of images, we must pay attention to the contemporary art. Specially to those creations that deviate and interrupt the speedy flow of images in mass media, which makes everything, disappear and evaporate instantly. The work of Silvia Rivas displays and tells us about the time that goes by as seen from another point of view, from its slowness and distance.

Buzzing is created from borrowings taken from fiction and reality, from the artificial and the natural. It is a digital or virtual work, that is to say, it does not happen in a specific place, of “real reality”. Nevertheless it links to it in an indirect way such as, for example, language. The virtual (the possible) is converted to a world with “other rules” situated beside the real world.

Buzzing is the result of an exploration in regard to the intensification of some human emotional ties in relation to the simple fact of not being alone in this world. The tranquility understood as the absence of perturbation due to external annoying or risky phenomena is neither lasting nor easy. In the world there are countless insects, especially flies. They barge in when they want and their presence causes us irritation, sometimes unbearable: we consider flies repulsive and dangerous at the same time because of the possibility of infection: they are cosmopolitan and pestilent insects.

The work creates a space and a time where mobile images of human hands (real) with images also mobile flies (virtual) coexist endowed of the same intriguing characteristics as the live ones. To the “reality” of the hands, “intentioned” images of insects that, in some manner, gave place to an “enlarged reality” and a puzzling one were added. The scene, resulting in the interaction between the human and non-human, is meant as a transportation of a direction/sense*, a metaphor: pinpointing a fact that in turn points to another one.  The insects are a visible print of the in-visible (but sensitive) between the human being and some situations of its real context, symbolic and imaginary.

Buzzing is impregnated by time, either because the work displays in duration, like the melodic development structured in a musical piece, or because of its iconography, which evidences the tension provoked by a swarm of flies in movement. In this work, what happens with the passing of time? It is a time in which the present “extends” itself with insistence. The spectator expects (wishes) something definite to happen but nothing happens, he expects the cloud of flies to dissolve as a cloud of dust does, but the cloud comes and goes and its hostile buzz persists, increases, diminishes, annoys without a cause or reason: just because.

Because of the swarm of flies, the agitation of the protagonist is manifested in the spasmodic movements of the hands. They encounter in an uneven battle to chase the threat of the flies and in this way recover and maintain the lost calmness. At the beginning the hands remain quiet on a table: they reflect a moment of the daily life where time passes without any interference, empty and pure. When the flies appear the state of calmness changes. The hands move to scare them away. In the interval marked by the quiet hands (without flies) and the agitated hands (with flies) the notion of time appears completely different to its pure passing.

The work of Silvia Rivas has the rhythm of an agitated breathing. It tends to be the contrary to any appeasement, calmness and reassurance. How do we experiment time? It is the implicit question in this work: the protagonist cannot go back to her pacific “lost paradise” free from perturbation. Its own random vulnerability must be accepted. This means, the bitter discomfort caused by the unexpected repetition. Stupid and evil of the same (again and again the undesired). She must accept her luck of the “eternal return” of the buzz with all its negative attributes. The flies will prey on her light boredom and her distracted daydreaming that “kill time”, or better said, that kill empty time that says nothing.

© Silvia Rivas / 2015