La mirada y el tiempo. El problema de la percepción en las video instalaciones de Silvia Rivas

Por Florencia Malbrán (fragmento)
VIII Jornadas de Investigación del Área Artes del CIFFyH, Universidad Nacional de Córdoba, 2006

La obra prosigue, luego, hacia la construcción del tiempo, se detiene en los modos en que el hombre ordena al mundo en torno a él, en términos de Merlau-Ponty, el modo en que el cuerpo percibe los objetos de acuerdo a los predicados que acarrea. Rivas representa la urgencia, el instante de dolor y la espera para expresar como “el acento está en la cualidad subjetiva del tiempo en la que la medida convencional es abolida”. Primero, un par de pies sube con apremio unas escaleras rojas, el ritmo se acelera en virtud de un objetivo final, el ascenso es entonces el intervalo anterior a la urgencia: el tiempo se transforma. A continuación, la corriente serena y seriada del mar es interrumpida por el violento estallido de una ola, la espuma virulenta se expande hasta convertirse en un dibujo abstracto. Finalmente, unos nueve pares de pies se mueven para pasar el tiempo de la espera y nueve relojes marcan la hora de la impaciencia. Con una poética singular, estas proyecciones señalan la manera en que la dimensión temporal es percibida en función de los objetivos que cada punto de vista persigue. El tiempo se acota según la diferenciación de la mirada, los recortes que esta produce disparan las sensaciones de tristeza, celeridad o hartazgo. Todas las medidas responden a la mirada. Como afirma Merlau-Ponty “al mundo […] lo redescubro “en mi” como el horizonte permanente de todas mis cogitaciones y como una dimensión respecto a la cual no dejo de situarme”.

El hombre vertebra su mundo en relación al recorte temporal que su mirada realiza, y esa fragmentación cobra una valencia subjetiva, luego el devenir del tiempo continua indiferente para él. Rivas representa la lluvia que cae sobre el mar, a través de ese millar de gotas expresa “la mínima medida del instante y su contundencia, en relación a lo que fluye, donde los instantes están perdidos o incluidos”. De la misma manera, tres charcos se transforman en planetas para acentuar la relevancia de las elecciones de la mirada. Este mundo, en el que para unos un instante de sol y para otros la nada, es poroso y opaco. Es un mundo de torsiones múltiples y objetos multívocos, en el que el espacio está cubierto por tantos velos como personas existen. Es que, citando nuevamente a Merlau-Ponty, “por estar en el mundo, porque incluso nuestras reflexiones se ubican en el flujo temporal que intentan captar, no hay ningún pensamiento que abarque todo nuestro pensamiento”

Presenta particular interés la disolución de la imagen que se produce en muchos de estos videos. La lluvia metereológica en ocasiones muta en una lluvia de píxeles que revela el soporte digital de aquello que el espectador contempla. Este develamiento puede leerse como un signo de intersubjetividad. Las sucesivas diluciones explicitan la presencia del punto de vista de Silvia Rivas, responsable de la elección de las imágenes que capturo la cámara. La conjugación de la mirada de la artista con la del pueblito expone la matiz de conciencias que forman la realidad. Las Notas sobre el tiempo descubren al mundo en tanto relación, en tanto “sentido que se transparenta en la intersección de mis experiencias con las del otro, por el engranaje de unas con otras”.

La videoinstalación presentada este año en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires continuó la exploración de la percepción, el cuerpo y el mundo. Sin embargo, Todo lo de afuera puso en escena, más que a los puntos de vista, a los puntos de ceguera.

En el descanso de la escalera que conducía la sala fueron colocadas una serie de pantallas que, a modo de preámbulo, reproducían ojos que observaban al espectador. Un ojo sin pupila se mantenía abierto sin parpadear dentro del encuadre, en otro el iris estaba bloqueado por una nube blanca y roja, varios ojos dentro de ojos intentaban abrirse con obstinación, y una catarata roja e intensa barría como lava con la imagen de un ojo cerrado. Rivas explico “la certeza de la existencia de un entorno que no es accesible, la tenaz insistencia por vencer el impedimento y la figura de ese impedimento circulan como motivos en una misma pieza. El cuerpo es el imite y este limite es lo único cierto. La obra se relaciona, así, a la molestia punzante de la no videncia. Merleau-Pony señalo como aquellos escorzos que no son percibidos con los que posibilitan la positividad de la visión, y que el mundo se estructura en un sistema de oposiciones que solo permite ver en función de lo que está en suspenso. Sin embargo, mas que a esta dialéctica de las áreas de ceguera, la instalación se vincula al discurso e otro intelectual francés, que fue alumno de Merlau-Ponty, y que también se preocupó por el tiempo y la visión. Todo lo de afuera manifiesta los síntomas del “procedimiento silencio” denunciado por Paul Vilirio. La instalación expresa el silencio de lo visible pero, paradójicamente, lo hace desde un medio denostado por Virilio: el audiovisual.

La sala presenta tres grupos de personas, en cada uno de los cuerpos entrelazados intentaban incorporarse, definir una dirección, sin lograrlo. La presión de los pies contra el piso y el empuje del nudo de miembros delineaban mareas de movimientos y oleadas de tirones. El ralentando de la imagen dramatizada la oscilación constante de los cuerpos y reactualizaba el fracaso de la acción conjunta. La utilización de una pantalla transparente, que proyectaba sobre si misma y sobre la pared, duplicaba esta coreografía del fracaso. Ninguno de los grupos lograba la conclusión, como engarzados en uan cinta moebius de la angustia, los cuerpos exponían una y otra vez la imposibilidad de percibir la acción del otro. Las frases impresas en los muros insuflaban las sensaciones de impotencia: “todo lo de afuera, irremediablemente, queda afuera”, “cuando el presente se niega a desembocar en resultado alguno”.

El silencio. O el espacio, que permite acceder a la comunicación y participar del signo se ha vuelto exiguo. Los ojos que no ven y los cuerpos que no se paran indican relaciones truncas. El bombardeo contemporáneo de estímulos se impone con tanta evidencia a los sentidos que el despliegue de la percepción se aplaca, el intercambio se anula resultando en la producción de un hermetismo interior. A ello se refiere Virilo cuando afirma que la mirada esta ahogada, que el silencio ya no tiene voz y que el mutismo alcanzo su colmo. Es que “victima de la guerra del tiempo de un desfile acelerado, el campo de la percepción se convierte rápidamente en un campo de batalla, con órdenes breves y sus aullidos del terror.

La monocromía, habitual en las obras de Rivas, adquiere aquí otro relieve. Virilo insiste sobre el color para explicar el fin intencionado de la locuacidad del silencio. Históricamente el blanco y el negro posibilitaron la comprensión de la estructura compositiva, hicieron posible, tanto en el cine como en el grabado, el contraste de situaciones. La omnipresencia actual de la policromía atenta contra la densidad de la obra de arte, avanza definiciones en detrimento de la productividad de la imagen. La usencia de color de las proyecciones de Rivas puede leerse como una resistencia a esta situación, en la que moldear lo que se mira ya no es una opción, las imágenes, impermeables e invasivas, determinan las visiones.

El blanco y el negro, como la resignificación de la imagen del agua, aparecen una y otra vez en las videoinstalaciones de Rivas. Son constancias formales que no solo marcan un estilo, sino que señalan la persistencia del problema de la mirada y el tiempo. El interés por el modo en que el hombre captura los objetos de su entorno y acentúa su realidad texturan la estética de Rivas pero, además, complican una capacidad revulsiva de la obra de arte: su injerencia sobre el espectador, su aptitud para penetrar cuerpos y producir diálogos. Las obras de Silvia Rivas operan así sobre el poder del arte, que desde su peculiaridad logra transformar la relación con la sostenemos el mundo.

© Silvia Rivas / 2015