Materia de tiempo

Por Rodrigo Alonso, 2001

Sobre la video-instalaciones de Silvia Rivas, a exhibirse en el Centro Cultural Recoleta del 31 de Julio al 20 de Agosto

“Mirar el río hecho de tiempo y agua,
y recordar que el tiempo es otro río…”
Jorge Luis Borges

La épica griega ha prodigado en sus relatos las hazañas de héroes ansiosos de la muerte. En ese oscuro anhelo heroico, no podemos sino adivinar el mandato de un sentido de trascendencia ajeno a nuestras circunstancias actuales, la clave de un tiempo que sólo se reconoce en la memoria de quienes continúan en el camino de la vida. Para aquellos héroes, el fin último es sobrevivir al paso de los años en un relato o en el recuerdo, prolongar la propia existencia en una continuidad histórica de la que no se tendrá conciencia jamás.

Los siglos que nos separan de aquellos seres nos sitúan en una concepción radicalmente diferente de nuestro destino en el mundo. Por diversos motivos, nuestra relación con el tiempo se ha vuelto inmediata, casi urgente. El presente nos reclama con tal fuerza que todo parece reducirse al fugaz instante del acontecimiento. Y sin embargo, aun completamente ajenos a la intensidad de la existencia heroica, nuestra conciencia del tiempo no es menos extraña a nuestro acontecer diario que la de aquellos personajes de leyenda.

La obra de Silvia Rivas acomete la titánica tarea de recuperar nuestra relación con la conciencia del tiempo vivido. Basadas en la intensificación de esa conciencia, sus video instalaciones desdeñan las precisiones de la historia y las utilidades de la medida económica del tiempo, para internarse en las profundidades de un acontecer psicológico, plasmado en la continuidad de su devenir en la imagen electrónica.

Efectivamente, sus instalaciones no son otra cosa que una multiplicidad de escenificaciones del tiempo, teatros que, en su complejidad tecnológica, nos atraen, paradójicamente, hacia un universo casi primitivo, en el que gobiernan la pura sensorialidad, la experiencia individual y la presencia de la naturaleza. Las imágenes del agua y la lluvia retornan una y otra vez, enfatizando la temporalidad fluida de los ciclos naturales. Su presencia insistente, ora como continuidad con el mundo, ora como irrupción en el espacio expositivo, no deja de remitir a la potente metáfora de Heráclito y su tiempo que también es río.

Sin embargo, el universo de Rivas es sólo aparentemente inmediato. En realidad, ha sido conformado en una relación estrecha con la contemporaneidad y su dislocación constitutiva. Lejos de la homogénea constancia de la naturaleza, las imágenes de sus video instalaciones son múltiples y fragmentarias, surgen de choques y confrontaciones, se impregnan de sentido en su cruda simultaneidad. Son vehículo de otras tantas manifestaciones temporales: instantes y momentos, permanencia y sucesión, constancia e intermitencia, devenir y mutación imperceptible, duración e irrepetibilidad.

No es casual que muchas de estas características sean también cualidades de carácter y de tipos psicológicos. Esta particularidad cobra un sentido profundo en la obra de la artista, en tanto la única medida temporal de sus instalaciones queda librada a la atención y el recorrido conceptual del espectador. Las imágenes son esclavas de la temporalidad del soporte pero los espectadores no están atados a tales exigencias, pudiendo, en cambio, ejercitar su propio recorte sobre el conjunto, destacar un instante por encima de los demás, teñir el dispositivo imaginario de su propia subjetividad, activar la dureé y el pleno fluir de su conciencia.

Rivas señala insistentemente esta íntima relación de sus imágenes con un tiempo que debe entenderse siempre a escala humana. La tensa imagen de unos pies que suben nerviosamente una escalera, o el dolor que se trasunta en los gemidos de una voz irreconocible, son algunos de los instantes que remiten al acaecer subjetivo. Pero también pulsa un sujeto en el rojo río que nombra la sangre. La metáfora de la vida y la muerte como horizontes, como instantes que definen el tiempo individual, apela a la identificación del espectador en el “aquí y ahora” de su contacto con la obra.

En otro registro, existen elementos disruptivos, fragmentos de vacío plasmados en enigmáticas figuras geométricas, “agujeros negros” que relativizan el insistente devenir de las imágenes, imponiendo su atemporalidad a la inevitable sucesión de aquéllas. Son instantes de azoramiento, y a la vez, el complemento necesario para la captación de las diferentes gradaciones del tiempo, en tanto éste es indivisible en unidades discretas y sólo puede aparecer jerarquizado si se logra plasmarlo en manifestaciones diversas.

Esta diversidad se prolonga en las formas en que las instalaciones escenifican la “materia” temporal en el espacio. Algunas lo invaden, otras lo modifican sectorizadamente. Hablan de los límites, pero también de lo ilimitado, de la existencia y de su proyección. Y entre ambos polos, nombran la trascendencia de los difusos contornos del presente en la propia creación artística.

© Silvia Rivas / 2015