Una reflexión sobre el tiempo y la espera

Por Ana María Battistozzi
Clarín, 4 de agosto de 2001

De pronto, un torrente se abre bajo los pies y toda la sala, en penumbras, se convierte en un ir y venir de oleadas, de lenguas de agua roja, sepia, blanca y gris que se agotan y retornan con una fuerza distinta cada vez. El sonido no es una cuestión menor. Funde el chasquido del agua al estallar en cada retorno, los pasos en ascenso de una escalera infinita y las gotas de lluvia, pero también dibuja los vacíos de la espera.

Es la dimensión diversa y desacompasada del tiempo la que Silvia Rivas intenta expresar en esta propuesta de una sofisticada tecnología que ha demandado ajustes muy precisos. El desafío de la artista no ha sido minúsculo e implica la última puesta en escena de la larga reflexión que ocupa su obra desde hace años. De la imagen quieta, impresa sobre metal, que utilizaba hace unos años, a esta multiplicidad de pantallas que proyectan un ritmo y un tiempo distinto, es evidente que la artista ha afinado su estrategia a través de la íntima asociación con el soporte utilizado.

En una entrevista publicada hace unos años, el videasta estadounidense Bill Viola, uno de los grandes artistas de las últimas décadas, explicaba las razones de esta asociación aplicada a su propia obra, que tiene varios puntos en común con la de Rivas. Parte de la naturaleza del video y en general de la imagen móvil es esa fragilidad de su existencia temporal. Nada más apropiado entonces, para rozar la noción de devenir y mortalidad que nos afecta de manera irreversible, que esta fugacidad de las imágenes que aporta el video. Rivas elige la metáfora del mar y esas lenguas de espuma que fluyen dejando una marca diferente en cada recorrido.

Lo que se exhibe ahora en Recoleta es el resultado del proyecto con que Rivas ganó la beca Guggenheim a comienzos de este año. Pero también la coincidencia de una serie de circunstancias que, como esas a las que aluden las metáforas de su obra, difícilmente se vuelvan a repetir, sobre todo en el país que tenemos. Los dineros de la beca le permitieron adquirir la computadora con la que realizó la edición digital de las imágenes, el ajuste del sonido y su traslado a DVD. Una empresa aceptó facilitarle los equipos utilizados y otra se hizo cargo del resto de la producción.

Si la sofisticada puesta en escena de su reflexión revela un grado de perfección inédito en nuestro país, también es cierto que es infrecuente que los artistas cuenten con este apoyo para sus proyectos. No hay duda que la producción artística argentina guarda una íntima relación con la producción general argentina y no son pocas las ideas que no encuentran vías de realización. La espera, esa dimensión que la obra de Rivas logran tan ajustadamente es también la instancia real que afecta a muchos de sus colegas. (Junín 1930)

© Silvia Rivas / 2015