Pequeño acontecimiento

Por Silvia Rivas, 2005

El retrato es el recurso para mostrar la singularidad, el aislamiento o, mejor dicho, la incomunicabilidad del individuo, pero fundamentalmente mostrar a ese individuo en su condición de tal, esa condición que nos es común es el único cabo disponible para establecer un vínculo. Es un hombre presentado en su presente, en una única acción que se extiende indefinidamente en el tiempo, en esta acción y su potencialidad incierta concluye el relato. La confrontación de estas dos series temporales muestra la fisura entre estos seres y un contexto posible, no se trata de una circunstancia sino, como dije, de una condición.

Ese defasaje o mirada descentrada es la sintaxis del discurso, el componente necesario para “decir” la condición del ser de la que estoy hablando. Todo es contrapunto entre estas fisonomías pegadas a un fondo carente de referencias espaciales y el transitar de un caminante que registra sumariamente con la mirada vuelta al piso los vestigios de un barullo ajeno. Por un lado un paisaje que no alberga otra cosa que lo inservible, escenario de lo trivial, una superficie que no alcanza la jerarquía de “lugar”; por el otro la presencia contundente de un rostro, de un sujeto y su individualidad como único lugar posible.

Un cambio de actitud no se lee necesariamente en las señales o ademanes del cuerpo, por lo menos no en forma muy evidente. La intensidad del gesto es contraria a la grandilocuencia. Además en este caso, el levantar la vista y ver, no es garantía de nada, es un acontecimiento interno. No hay certeza, sólo abre una posibilidad. Como diría Kierkegaard , aquí la “verdad es la subjetividad”, y la subjetividad está confinada dentro de los límites de un cuerpo.

© Silvia Rivas / 2015